Reflexiones semanales

Iniciamos la Semana Santa

2025-04-13

La Semana Santa es la semana que conmemora la pasión de Cristo. Se compone de dos partes: el final de la Cuaresma (del Domingo de Ramos al Miércoles Santo) y el Triduo Pascual (Jueves, Viernes y Sábado-Domingo). Es el tiempo de más intensidad litúrgica de todo el año y por eso ha calado tan hondamente en el catolicismo popular.

La Semana Santa es inaugurada por el Domingo de Ramos, en el que se celebran las dos caras centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo, mediante la procesión de ramos en honor de Cristo Rey; y la muerte o el fracaso, con la lectura de la pasión. Debido a las dos caras que tiene este día, se denomina Domingo de Ramos (cara victoriosa) o Domingo de Pasión (cara dolorosa). Por esta razón, el Domingo de Ramos comprende dos celebraciones: la procesión de ramos y la Eucaristía. Lo que importa en la primera parte no es el ramo bendito, sino la celebración del triunfo de Jesús. Los ramos nos muestran que Jesús va a sufrir, pero como vencedor; va a morir, para resucitar. En resumen, el Domingo de Ramos nos aventura la inauguración de la Pascua o paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.

Este domingo, la liturgia nos ofrece como una anticipación concentrada de lo que vamos a celebrar durante la semana, al proponernos la figura de Jesús doliente, aclamado y escarnecido a un tiempo: la cruz que se recorta sobre el horizonte del triunfo pascual. Veremos cómo Jesús no rehúye la muerte, pero tampoco la busca directamente. De hecho, es Judas quien lo delata. La pasión comienza bíblicamente con el prendimiento de Jesús; litúrgicamente, con la entrada en Jerusalén.

La misión de Jesús se comprende en referencia al Dios de la gracia y de la exigencia, que proclama la inminencia del reino y la buena noticia del Evangelio. El advenimiento del reino de Dios es el tema central del mensaje de Jesús. El rechazo de Jesús como Mesías es evidente: es escándalo para las clases dirigentes religiosas, necedad y locura para el poder ocupante, decepción para el pueblo y desconcierto para los discípulos. Ahí radican los sufrimientos profundos de Jesús en la cruz, unidos a sus dolores físicos.

La pasión de Cristo continúa hoy en todos los hombres que sufren cualquier clase de dolor físico o moral: hambre y desnudez, pobreza y abandono, tristeza, desesperación, falta de comprensión y amor. Continúa, de modo especial, en todos los hombres que son víctimas del odio de los demás hombres. Esto significa, en último término, que el único signo válido de la lucha de los cristianos contra el pecado es la com-pasión efectiva de todo el inmenso dolor de la humanidad.

Contemplemos hoy la cruz de Cristo con ojos de fe. La tradición de la Iglesia no ha considerado nunca la cruz bajo el aspecto doloroso, sino dentro de una perspectiva de triunfo y exaltación. Por ello, siempre los fieles han usado el signo de la cruz como un gesto específicamente cristiano, que nos distingue y los honra. No es un instrumento ornamental, sino un signo muy serio y comprometido.

Excmo. y Rvdmo. Mons. José Manue Lorca Planes | Obispo Diócesis de Cartagena

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